Obra de José Manuel de Hita
El
otoño, aunque parece en estos días cálidos que no ha entrado, ha
sentado su presencia, tomando fuerza según avanza el calendario. La
luz irá perdiendo fulgor, la espesura de los días triunfales del
estío, palideciendo, según avanza el calendario, el brillo
exultante que inundó la retina, convirtiendo su abrazo en menos
agobiante, aclarando sus pliegues, organizando un festival de tonos
de peso suave, que según trascurran los días irá desvaneciendo,
hasta extinguirse en su ocaso. Entonces la luz se hará tenue, y
entre medias creará espacios acogedores, plenitud ligera y sedosa,
donde el colorido intenso imprime su presencia, surgiendo de los
umbrales de la oscuridad signos de fantasía, mas las sombras van
imponiendo su dominio según la declinación solar dicta.
El
Sur de España aparece como lugar de tranquila resistencia, guardando
la luz, la alegría que su caricia provoca, sus mañanas tibias,
impulso de optimismo, concluyendo en atardeceres sumidos en una
explosión vital luminosa, rompiendo la claridad su monotonía
cromática para deshacerse en sus tonos ocres y rojizos, fulgor
intenso, apareciendo sin transición la noche, misteriosa,
enmudecidos los grillos, roto el silencio por el ulular de las
lechuzas. Cada vez más el frío sienta su fuerza, alterando las
tormentas su paz, rompiendo el escenario apacible de la decadencia
dorada, anunciando los meses del estado invernal, cuando el alma se
recoge nostálgica en su intimidad.
Buen
refugio es el Sur para vivir el otoño, disfrutar de sus destellos,
del fulgor que consume el final del día, la templanza de la mañana,
la modorra del mediodía, el dulzor de sus caldos, la nostalgia de su
paisaje bajo un cielo azul profundo, o la levedad de sus tormentas.
Los marrones y dorados se suceden en el paisaje, momentos templados,
brillos evanescentes que danzan en la decadencia triunfal de las
jornadas.
Esto
es lo que vio R. M. Rilke en sus estancia en Andalucía, escribió
“Señor,
ya es tiempo. Grande ha sido el verano. Tiende tu sombra sobre los
relojes de sol, y desata los vientos por el campo. Haz madurar las
frutas más tardías, dales dos días más de sur, fuérzales a
acabar, y echa el último dulzor al vino recio”.
En el paisaje andaluz sumió su espíritu creativo en la danza
rítmica de sus estrofas, fluyendo entre los riscos de los temores
que el azar de la realidad propone, y la dulce caída hacia el futuro
despreocupado, feliz abandono sobre el lecho luminoso otoñal.














































