CUATRO
ESTADOS DEL ALMA
Según
C. Jung, en su libro “La flor de Oro”, basado en el Libro de las
Mutaciones, I Ching, el yo está compuesto de ánimus y ánima. El
primero constituye la parte espiritual y el intelecto. El ánima está
relacionada con la parte material, es la energía que la sostiene.
En
la muerte el ánima se sume en la materialidad, para desaparecer, y
el ánimus sale del cuerpo y asciende a otras realidades.
Cuando
el yo está sometido a pasiones, ambiciones y deseos, el ánima
prevalece y somete al ánimus, evitando que siga su camino, lo
aprisiona. El yo está ligado a la realidad, aunque se mueve en un
estado ilusorio. Vive en torno a los objetos y lugares que desea en
demasía, como casas, objetos y tesoros propios, desarrollando su
existencia ajeno al mundo real. Está inmerso en un dolor profundo
por no ser real, y si se hace presente aparece como espectro o
sombra. Cuando interactúa con los humanos es para absorberle su
energía, necesaria para seguir existiendo, es cuando aparece como
sombra. Si no lo hace se hundirá en la oscuridad permanente.
Hay
ánimus que luchan por ascender, pero el ánima posee gran fuerza. Es
una lucha interior, y necesitan las plegarias de los que sobreviven.
Interaccionan con los humanos, son fantasmas. Actúan beneficamente o
malignamente, de acuerdo al predominio de sus obras buenas o malas en
su conducta anterior. Pueden ascender al cielo, pero no se desligan
del mundo real, apareciendo para ayudar. Si están ligados al mal,
persisten en los espacios de la oscuridad, saliendo de éste para
actuar contra las personas. Se irán disolviendo poco a poco su
presencia en el tiempo real si están en el cielo, dejando de
interaccionar, y si están en el infierno permanecerán en su pérdida
sin fin, doloridos por no disfrutar de sus ambiciones y vicios (en el
Tao y budismo se considera que se reencarnarán con sus recuerdos
primitivos)
Pero
puede ocurrir que el ánimus predomine sobre el ánima. Aparecen como
fuerza espiritual, genios que actúan sobre el ingenio humano. Sólo
los sabios y santos se percatan de su presencia, para los antiguos
eran los dioses o genios, para los creyentes ángeles. Son seres
luminosos, que irradian energía. Al final de los tiempos
desaparecerán para sumirse en el mundo espiritual pleno.
Si
es el ánimus quien predomina, asciende al cielo. En el budismo se
extingue en el vacío. En el taoísmo permanece su reflejo luminoso,
su individualidad dentro del Todo. En las religiones monoteístas el
yo permanece en comunión con el Creador.







































