No
hace falta que abunde sobre las cualidades personales del pintor
Manuel Ruiz, queriendo resaltar el carácter más importante de su
obra pictórica. En ella se observa un barroquismo intenso, en sus
alhambrismos, densidad poderosa que se expande hacia su disolución
en el entorno, para perderse en sus cielos etéreos, universo de
claridades, fantasía que se esconde ante la imagen del paisaje
granadino. Es una plasmación de su alma, de la magia que encierra en
sus rincones.
En
su obra cada pincelada, campo de color, encierra un relato
extraordinario, una historia arraigada en el espíritu de Granada,
misterio y tradición, luces de alegría y sombras de tragedias, esto
lo une al alma lorquiana. La auténtica alejada de los tópicos con
los cuales se presenta a Lorca. Ambos comprenden nuestra tierra,
ahondan en su esencia y la expresan en su obra.
Así
lo hace Manuel Ruiz, cuando plasma personajes, monumentos o paisajes.
Siempre giran sobre la ciudad nazarí, soportado en los signos de la
Alhambra, tras la cual incorpora el rojizo de sus atardeceres,
preludio de la magia de sus noches.
Más
podría decir sobre Manuel Ruiz, pero con estas palabras quiero
rendirle mi homenaje personal.

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