martes, 1 de abril de 2014

EL CAMINO DE LA LUZ EN LA OBRA DE EL GECO


EL GRECO EN CRETA. PRIMERAS HORAS DE LA ALBORADA
 
 
 
San Lucas pintando a la Virgen y al Niño (detalle)
 
  
El frescor de la mañana se confunde con las claridades de la luz, generando una sensación de pureza, ilusión por las horas que vendrán, esperando la liberación.
El Sol radiante del mediterráneo ha nacido triunfante, avisando optimista de las horas del esplendor. Luz naciente, cristalina, suave caricia que avisa de la felicidad que se avecina. Nace la luz , nace la vida.
La Virgen está serena, confiada en su Hijo, nos lo muestra. Es una imagen tranquila, envuelta del resplandor áureo de la gloria, luminiscencia divina que purifica al ser descubierta. No con la vista sino con el corazón. La felicidad es el signo de sus rostros, imprimiendo la mirada del Niño la salutación a la esperanza. Es una mirada de confianza, que traspasa el cuadro para comunicar al observador la buena nueva venidera. Todo transcurre estático, intemporal, pues la gloria divina se extiende a los confines del tiempo. El artista crea una pieza monolítica, atemporal, símbolo de la eternidad.
 
 
 
ETAPA VENECIANA. LA LUZ TRIUNFA



La curación del ciego

 Sol poderoso del mediodía, triunfo del esplendor, cuando los colores lucen sus galas más brillantes, en festival tintineante cegador de vibrante júbilo. Hay alegría, fuerza, felicidad en los mementos que estallan luminosos.
El Greco gana en profundidad, pues el horizonte se rompe en su monotonía para mostrar la grandeza de la existencia. Colores suaves, amables, cálidos, puros y limpios, que engarzados armoniosamente entre sí reproduce la belleza del entorno. El mundo aparece idealizado, en reposo de la acción, siendo la fuerza de la paz el sentimiento reinante.
El hombre descubre su realidad, ve la luz de la verdad, y el asombro tras salir de las tinieblas genera emoción. Triunfo de la luz, del color, de la belleza, paz y vida.

 

 EL GRECO EN ROMA. CUANDO LA LUZ  SE DESVANECE

El soplón

 
Atardecer áureo transformante en rojo cárdeno, en el teatro sereno de un paisaje frío, preludio  de una noche cristalina.                                                              
Bancos de nubes sobre el horizonte, crean el contraste para convertir el instante en un fascinante cuadro de belleza sin par. Amarillo oro que envejece hasta el rojo, apagándose por el frío. Las nubes inflaman su algodón, para convertirse en cenizas etéreas.                
Justo antes de hundirse en el quebrado horizonte, brilla intensamente, explotando e hinchando su luz hasta inundar, de forma hiriente y penetrante, todo aquello expuesto a su faz. Como canto de cisne, epílogo del día; cántico triunfal de esperanza. La luz se desvanece lentamente, con suavidad
El Greco va haciendo más contundente las formas, rotundas y sólidas, sujetas a proporciones clásicas, mas centra su mirada en personajes comunes, preludio del naturalismo barroco. Es aquí la persona sola, en la oscuridad, tranquila en sus quehaceres rutinarios. Prende la luz, hábil, sereno y confiado. Está ensimismado en sí, en el momento donde ha sido extraído a la intemporalidad. No estamos abandonados en el inicio de las tinieblas.
Nos preparamos para adentrarnos en la noche, no hay miedo, pues la esperanza alimenta nuestro ánimo,  y la Buenanueva es nuestra salvación.
 
 
EL GRECO ESTÁ EN ESPAÑA. HORAS DE MEDITACIÓN Y MADUREZ, CUANDO LA LUZ ES AÑORADA.

En la madurez de su vida el Greco está en España, una nación concentrada en la fe, siendo el desdeño de lo material el mensaje repetido, reflexionando sobre la Pasión, la levedad de la vida, el mundo de sufrimiento y lágrimas antesala del Paraíso. EL arte ha de ser el vehículo de la representación del dolor infinito de la Pasión, de la caridad auténtica, también de una llamada a la esperanza. Todo lo material es fútil, en el mensaje evangélico la senda verdadera está marcada. El Greco comprende, y comparte fervorosamente, estos principios, aplicándolos en su pintura. A pesar de ello sus piezas están impregnadas de sus recuerdos, vivencias, aspiraciones personales, pequeños guiños gozosos que avisan de la Salvación, más el dolor se manifiesta en sus obras, dolor espiritual, en sus figuras alargadas, disolución de las formas, que se amoldan al espíritu para vencer la contingencia de la carne. Ya no importa la luz del paisaje, sino la idea salvadora. El alma se adentra en la noche, sola, aterida, desprotegida, buscando la luz de la gloria divina. En los semblantes de la obra “Entierro del conde de Orgaz” se advierte resignación, dolor contenido, reflexiones sobre el devenir propio, más la esperanza nunca está ausente, símbolo de su presencia vencedora aparece el alma acogida en el Cielo, postrada ante la Madre de Dios, para que interceda, junto a los Apóstoles por su indulgencia. Se resumen el Dogma de la Contrarreforma. Los colores se esparcen suaves, entre tonos oscuros, salvo el dorado que ordena el camino del espíritu, pues representa la santidad, la luz del Mensaje Divino, la verdadera visión de la realidad de lo creado, caricia cálida del Salvador.
 Mientras, el alma se encuentra en las horas devastadoras de la madrugada, sometida a su pesada losa, que fluyen con parsimonia, concentradas en sí mismas, sin ganas de trascender hacia el ocaso de la noche. Soledad aplastante, sintiendo un vacío interior desgarrador, siendo la existencia cascarón de sueños evaporados. La vida pierde el rumbo, sentido y anclaje, perdida el alma en los bosques oscuros , sometida a la desesperanza, aterida cada vez más, según caen los momentos hacía el fondo del olvido. Busca cualquier atisbo que ilumine el camino, quiere sentir el roce del halo del Amado, intangible, fugaz, cuán cervatillo que corre por el monte, escondido en la maleza. Siente frío, dolor, miedo, desorientación, soledad profunda, ansias del Amado. Se espera.









La visión del Apocalipsis


Sigue la noche, haciéndose las vanidades, que han integrado la ilusión de los empeños, en presencias tangibles, pues lo real es la nada, cuando la certeza de la verdad creída se derrumba. El camino diseñado, por la fantasía de la imaginación, ha borrado su horizonte, quedando perdido en la nada, nada en el pensamiento, nada en el futuro esperado. La soledad es el lema que se impone, coincidiendo con el ocaso de la juventud, en el portal del invierno de la edad. Terrible nada surgida como soledad, temblor del alma, desesperación  y grito sordo de dolor intenso.

 
La resurrección.


Una ráfaga brillante rompe el velo negro de la noche, espanto de los miedos del espíritu,  expandiéndose para cegar con Luz gozosa los espacios del alma. La muerte ha sido vencida, el tiempo se difumina.
 El Greco lo representa muy bien en las figuras alargadas, signo del espíritu vencedor sobre la materia, con colores rotundos, rompedores de toda lógica, en un festival radiante jubiloso por la presencia del Hijo de Dios, que triunfa sobre la muerte, aplastando la oscuridad. Son vencidas las vanidades, ambiciones y egoísmos.
 

 
Autorretrato de El Greco
 
 
 
 

 
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

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